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Erase una vez una familia de dioses, Zeus y Hera.

Zeus era fuerte, brillante en su sagacidad. Había aprendido a controlar el fuego y, con el tiempo, se había convertido en un artista de su gestión, lo que le valió su subida al Olimpo.

Hera, su mujer, era una Hija de la Tierra, de las que nos pasamos el día recogiendo y limpiando las “obras de arte” de nuestros, siempre ávidos de heroicas aventuras, varones.

Hete aquí, que Zeus, con ese carácter vocinglero suyo, iba en plan paladín de las causas más surrealistas, no porque fueran malas, sino porque las razones que esgrimía llevaban a que acabaran en trifulca, desarreglando más de lo que arreglaban. Incapaz de convencer por la lógica, terminaba imponiendo por la fuerza y, al final, Hera, era quien tenía que recoger los platos rotos, cuando no enterrar a los muertos, que los “heroicos” dioses dejaban tras sí. Daños colaterales, los llamaban.

Hasta que un día Hera dijo ¡Basta! ¡Hasta aquí ha llegado mi paciencia! … tú haz la obra de tu vida pero también te encargas de la limpiera ¿ok? … ok le contestó Zeus impresionado por su furia y así hicieron.

A partir de ese día, Hera resultó una diosa de lo más “nutricia” y femenina y Zeus, comenzó a pensar que, quizás, fuera mejor hacer sus obras de otra forma más “cuidadosa” cuando, tras el pacto, tuvo que recoger y reconstruir todo lo destruído y dejó de tener tiempo (y energía) para infidelidades.

Y colorín, colorado, este mito renovado se ha acabado.

El día en el que los “dioses” se responsabilicen de recoger y reconstruir los destrozos que “causan sus causas”, la tierra recobrará la paz

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